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domingo, 1 de junio de 2008

THE SONICS EN SANTANA 27


THE SONICS (31 DE MAYO DE 2008)

Era mi última noche de vacaciones ayer día 31 de mayo de 2008. Y llegué a casa tras litros y litros de agua cayendo sin parar en toda la noche. Tengo unos dolores de la humedad del ambiente, centrados en mis rodillas; esto va a ser la edad que me afecta ya y claro, los problemas de salud no son lo mismo a mis taitantos… Pero no queréis que os hable de mí. Lo que me lleva a escribir hoy, además de mis dedos doloridos y poco ágiles a estas alturas de la mañana y escuchando una canción de Curtis Mayfield denominada “Superfly”, es un grupito por el que pagué 28 € de entrada en un local que está en el quinto coño, donde si te pilla un chaparrón te vas a calar de verdad hasta llegar al Metro de Bolueta; el lugar en cuestión se llama “Sala Santana 27”, un antiguo local industrial, que a diferencia de la Sala El Mono, lo único que tiene de similar es que son locales industriales bastante apartados. Pero en la Sala Santana ocurre una cosa: las paredes no están impregnadas de ese ambiente sucio del rock and roll.

Ese grupo en cuestión que se llamaba The Sonics, tuvo varios momentos críticos en el estricto sentido de la palabra. Crítico porque es un grupo de los 60 tocando con sonido de ahora, sonorizados con los medios de hoy y ni siquiera se dignaron a sonar aproximadamente como ese sonido garagero que les hizo famosos en sus salvajes días. Unos cuantos pedos en la sonorización al principio, con bajadas y subidas de sonido. Reseñable también el modo en el que sonó la batería, que creo deberían haber puesto unos micros más ambientales para dar un sonido más rotundo a la batería. Podían haber llevado instrumentos y amplificadores de la época; habría sido importante contar con un Vox Continental... O si no, qué hostias, meter un destornillador por cada amplificador para romper el sonido y hacer la salvajada padre… En cuanto al repertorio conocido, no decepcionaron, tocaron “Witch”, “Boss Hoss”, “Have Love Will Travel”, “Psycho”, “Walking The Dog”, “Night Time Is The Right Time”, y también clásicos del rock and roll de Little Richard, como “Lucille”. En total 70 minutos de concierto… Los pobres están mayores… Pero si recordáis el concierto de Iggy Pop, pasó lo mismo con la duración, pero no en la diversión, ni en el sonido, ya que era un sonido contundente, aquel concierto de hace unos poquitos años en fiestas de Bilbao.

En cuanto a las consumiciones en el recinto de conciertos, qué me diríais si te cobran 4 € por un cervecita de barril, y menos mal que iba bien alimentado después de litros de sidra, chorizo, morcilla, tortilla de patatas, porque no quiero pensar lo que cobran por un bocadillo, y es que para garrafonazos ya tenemos cualquier fiesta de ciudad o un pueblo de mala muerte. Y es que el sitio en el que estuvimos, comimos muy bien, y a gusto del consumidor, nos pusimos como el tío Kiko o como la Moñoño, y es que la gente de la Sidrería de Santuchu, estaba hasta los “oo”de nosotros, después de haber tenido la delicadeza de estar desde las 3 de la tarde hasta las 6 pasadas, pedir dos rondas de cafés dobles, que es cuando cogimos el metro dirección plaza Nueva de nuevo, y recorrernos gentilmente todo bar abierto en Somera y alrededores. Hice un esfuerzo extra de beber aguas para rebajar, porque hasta la noche quedaba mucho camino que recorrer.

Y bien, acabado el concierto, y claro está, hay que tener un respeto a The Sonics, por ser los padres del garage, aunque estoy convencido que los hay renegados de las listas de éxitos que han inventado más generos hasta ahora desconocidos. Aquí delante y sonando tengo el gran disco “Here Are The Sonics”, con el crepitar incesante de la aguja del plato, eso sí, plasmado en los surcos microscópicos de un disco compacto.

Estoy de acuerdo en que el mejor momento es la noche, y más acompañado de buenos amigos, una buena copa, impregnado de humo, oliendo a sartén quemada y rememorando canciones de los ochenta tan sonrojantes como “Don’t Leave Me This Way” de The Communards, “Always On My Mind” de Pet Shop Boys, o la mismísima “Faith” de George Michael, aquella sintonía de Ramón Trecet en su programa nocturno de baloncesto… Bueno, volvimos a nuestras raíces, dos despistados de la vida, tras un rosario de ausencias en esa noche lluviosa sin parabrisas, y todos los locos que juntos fuimos a la sidrería, nos desperdigamos por toda la sala al principio, y cada uno llegó a su torturado destino como bien pudo y adivinó viendo rastros de nicotina y celulosa podrida. Volvimos a nuestro Residence querido para componer rapsodias con las palmas sobre una versión de “Hotel California” de Gypsy Kings, o ese último gran himno –Suspicious Mind-, para celebrar el cumpleaños de Manu con dedicación plena y a pleno pulmón.

Y bueno, como diría la canción de Los Ronaldos “Por Las Noches”. Nos damos un paseo, corremos por las calles, un poco de jaleo, ahora que no hay nadie, no quiero dormir, no quiero dormir, algunos no lo entienden y pegan a la gente, y por los tejados alguien ha saltado, ¡ya no dormirá más!, y por las noches haremos lo de siempre, porque nos gusta y porque nos divierte.

Básicamente se trataba de agotar las vacaciones de la manera más atroz y depravada posible y la lluvia lavó nuestros pecados y los encauzó allí donde decía Pablo Carbonell, después de 40 cervezas, y después de haber expulsado los pecados por el conducto uretral y conducirlos al retrete.

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