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lunes, 6 de octubre de 2008

EL CLUB DE LOS GOLPES



CÓMO CARGARSE UNA SILLA DE PLÁSTICO Y REÍRSE A LA VEZ

Es increíble lo que una silla puede dar de sí, el demonio está cerca. Las astillas de una silla de plástico incluso pueden seccionar unos cables de micro. El mal rollo se puede apoderar de ti, pero sólo la diosa fortuna es capaz de darte la inmensa alegría de que el único disgusto plausible sea un simple susto y un golpe en un codo. Recuerdos de antiguos golpes donde la espalda pierde su nombre, todavía me recuerdan que sigo estando vivo.

Pero esto no es ninguna crónica terrorífica de esas de Teletienda en que te venden miles de productos, ni tampoco es un concurso de la madrugada donde te hacen creer que vas a ganar dinero, e incluso tampoco es un sueño sadomasoquista. Es la puñetera realidad en un lugar que se llama La Hacería.

Allí estuvieron actuando dos grandes de la escena bilbaína, que son Catfish Louis y Washboard Johnny que me informó posteriormente de los estropicios que causé en los aposentos de tan anacrónico lugar. Marta Sánchez, sin los soldados del amor, pero con el soldado del canuto tieso, al lado, el cual preguntó a Marta algo sobre el nombre de su grupo –Marta Sánchez Trío-, si algo tenía que ver el nombre del grupo con alguna práctica sexual a tres, pero nada más lejos de la realidad, el osado preguntón se llevó una contestación acorde con la osadía de preguntar semejante estupidez.

Justo cuando me iba a ir de La Hacería, es cuando ocurrió el famoso incidente que ha quedado grabado en el subconsciente propio y ajeno; un golpe seco y un chasquido posterior en medio de la actuación de Catfish Louis and Washboard Johnny, rompió la paz y el buen rollo de la segunda semana de temporada 2008/2009 en La Hacería, es entonces cuando empecé a sentir un balanceo extraño en mi espalda que acabó con mis huesos por los suelos, consiguientes risas propias y ajenas, sonrojos, y casi aplastar a un pobre perrito de color blanco.

Todo esto para preparar mi huida hacia otro garito bilbaino sito en Plaza Indauchu; es el Graffit, donde actuaban Santiago Delgado and The Runnaway Lovers, que con puntualidad bilbaína, consiguieron empezar a la hora, nos ofrecieron un concierto con un sonido desastroso, contrastando con el gran ambiente creado, por la pinchada posterior de Juan de Pablos, que estaba como el niño que estrena mesa, moviendo el esqueleto, como un jovenzuelo enamorado por primera vez. Puso Los Brincos, y como no podía ser menos, puso Los Summers con “La chica de cada verano”.

El rosario de rockabillys, bluesmen diversos, mockers, punks, heavies y psicodelias varias, se dieron cita en las cavernas del vicio: Le Club, un club para poetas muertos, camioneros renegados, y degeneración pura y dura. Músicas poperas, rockeras y techno de los ochenta, llenaban las lenguas golosas de los viciosos de la música nocturna. Un lugar donde pasar la noche, llegue la mañana, hablar alto y no muy claro, y sentir que el flúor es esa sensación que se siente después de comer al lavarse los dientes.

La aventura acabó con un papel cuadriculado con un mapa improvisado indicando una dirección hacia el metro o bus de Lejona a las nueve de la mañana, prácticamente sin nadie en la calle y rogando orientación a los habitantes de este recóndito lugar.

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